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miércoles, 16 de septiembre de 2009

Asalto a la comisaría 13

 

Nuestros chicos bien peinados, felices usuarios de la Pijolandia de Pozuelo, niños de alta escuela y más alta familia, nunca beberían hasta los codos

PILAR RAHOLA | La Vanguardia - 09/09/2009 |

Pero ¿no resultaba que estas cosas eran propias de jóvenes desestructurados, niños antisistema y emigrantes despendolados? ¿No se trataba del estigma de los barrios marginales, allí donde no habita la educación? Por supuesto. Nuestros chicos bien peinados, felices usuarios de la Pijolandia de Pozuelo, niños de alta escuela y más alta familia, nunca beberían hasta los codos, nunca se meterían polvos por la nariz y, por supuesto, nunca se convertirían en unos gamberros violentos que fulminan a porrazos unas fiestas populares. ¿Nosotros? ¿La gente bien de Pozuelo, uno de los municipios más ricos de España? ¿Nuestros niños? "Quita, bicho", que decía el gitano del viejo chiste, "este cerdo no es nuestro".

Y porque "no es nuestro", el buen alcalde de Pozuelo, señor Gonzalo Aguado, ha exculpado a sus jóvenes, ha repartido inocencia colectiva y ha asegurado que el violento altercado donde una decena de policías fueron heridos, se destruyó material urbano por miles de euros y se intentó el asalto a una comisaría, era obra de "un grupo de energúmenos de fuera del municipio". Sí señor. Tanta miseria violenta, tanto joven descerebrado incapaz de divertirse sin volverse un gamberro, no puede surgir de las ordenadas y católicas familias, todas felices votantes del PP. Estas buenas gentes sólo engendran ingenieros de telecomunicaciones, másters en universidades de prestigio, jugadores de pádel y futuros banqueros. Ergo, los malos son importados, surgidos de las entrañas oscuras de los barrios periféricos, llegados a Pozuelo para reventar el sano divertimento de sus pobladores. El mal siempre viene de fuera.


Y, sin embargo, el mal empieza en la mismísima frase del ínclito alcalde, que lejos de buscar las causas de la creciente violencia juvenil, derivada de un mal uso del ocio, prefiere exculpar a los propios y vender una Arcadia en Pozuelo. Su frase no sólo es populista en el sentido más rastrero. Es de un elitismo rancio propio de esas mentalidades de padres que llevaban a las hijas a abortar a Londres, y después condenaban al infierno a las chicas que lo hacían en garitos oscuros.


Fíjense en lo divertido de la cuestión. El alcalde dice que siempre hay botellones en sus fiestas, pero son botellones practicados con "normalidad". De manera que si este botellón ha acabado violentamente, no pueden ser sus chicos, que se emborrachan educadamente, sino los de fuera, que por hacer mal todo, hasta se emborrachan mal. Y ahí está el meollo, que ni el alcalde ni otros muchos perciben la enorme crisis de valores de nuestros jóvenes, las sociedades relativistas que les hemos cedido, basadas en un desprecio severo a la autoridad, una confusión entre libertad y libertinaje, y un paternalismo sobreprotector que los exculpa de todo pecado. Pozuelo no es una anécdota. Es la metáfora de la enfermedad colectiva que padecemos.